Aportes de la mujer campesina al turismo rural: género y ecología política en Salado Barra, Honduras
Contributions of peasant women to rural tourism: gender and political ecology in Salado Barra, Honduras
Arnold Saul Argueta Gladys Yaneth Andino Valladarez Lenin Galileo Centeno Argueta Maryury Lariza Ávila BorjasEn América Latina, las mujeres campesinas han sostenido una lucha histórica por permanecer en sus territorios frente a procesos de desplazamiento, urbanización forzada y modelos de conservación excluyentes que tienden a invisibilizar sus modos de vida. Según Galeano y Veloza (2023), estas resistencias se manifiestan en prácticas agroecológicas, formas de economía local, participación política y reafirmación identitaria. En este contexto, la autonomía económica resulta crucial para el empoderamiento femenino, dado que, como advierten Amador et al., (2025), los roles de género reproducen desigualdades estructurales y sistemas patriarcales que restringen su representación y vulneran sus derechos.
Estas desigualdades se intensifican cuando las mujeres rurales, además de involucrarse en procesos productivos, deben asumir cargas reproductivas y tareas de cuidado no remunerado, restringiendo así su autonomía temporal y espacial. Como señalan Betancurth et al., (2024), pese a estas condiciones adversas, diversas mujeres logran articular sus proyectos de vida con objetivos socioculturales al acceder a capital semilla o financiamiento inicial, permitiéndoles una autonomía económica relativa que resignifica el trabajo como dimensión central del desarrollo humano y la sostenibilidad de la vida. Sin embargo, la sobreimposición de roles reproductivos y productivos las confina a economías informales de baja rentabilidad, limitando el escalamiento y formalización de sus iniciativas dentro de los sistemas locales de producción rural (Prado, 2024).
El rol de la mujer rural en América Latina se ha construido históricamente desde la resistencia y la reivindicación de derechos en un contexto de exclusión interseccional, donde confluyen desigualdades de género, clase y territorialidad. Esta doble marginación (por ser mujer y por habitar zonas rurales) ha restringido su acceso a recursos, educación y oportunidades de desarrollo integral, dificultando la realización plena de sus proyectos de vida y su reconocimiento como sujetos políticos y productivos (Gutiérrez, 2023).
En Honduras, la situación de las mujeres rurales evidencia profundas desigualdades estructurales, agudizadas por la pobreza persistente, el desempleo y las barreras de acceso a los medios de producción. Según Ordóñez y Pacheco (2021), en 2019 el 65 % de la población vivía en condiciones de pobreza o extrema pobreza, situación agravada por la pandemia del COVID-19 y los huracanes Eta e Iota. En las zonas rurales, apenas el 12.5 % de las mujeres accede a empleo, mientras que el 73 % se dedica a labores domésticas o agrícolas no remuneradas. Entre 2011 y 2020, solo el 37.3 % de los títulos de propiedad entregados por el Instituto Nacional Agrario (INA), fueron otorgados a mujeres, con marcadas desigualdades territoriales. A pesar de que más de tres millones de hondureñas están en edad laboral, una gran parte permanece excluida del mercado formal, restringiendo de manera sistemática su capacidad de agencia económica.
En este escenario de exclusión y desigualdad, el turismo rural ha emergido como una alternativa de desarrollo con potencial transformador, al permitir la inserción económica de las mujeres y fortalecer su rol en la gestión sostenible del territorio (Soto y Pastor, 2024; Coria et al., 2023). En el contexto hondureño, esta participación responde a condiciones adversas derivadas de la crisis del comercio cafetalero y la exclusión histórica de las mujeres rurales. Frente a ello, iniciativas vinculadas al ecoturismo, las rutas culturales y la producción artesanal constituyen opciones productivas viables dentro de economías familiares y solidarias. Cada vez más mujeres expresan el deseo de integrarse a la economía local, no solo en busca de ingresos, sino también de autonomía, visibilidad y reconocimiento. Esta dinámica revela una resignificación del territorio desde una perspectiva de género, en la que el empoderamiento femenino se posiciona como eje estratégico para el desarrollo comunitario (Matute, 2020).
Este artículo tiene como objetivo examinar las contribuciones de la mujer campesina al desarrollo del turismo rural en la comunidad de Salado Barra, municipio de El Porvenir, Atlántida, ubicada en una zona de transición hacia el Refugio de Vida Silvestre Cuero y Salado. Desde un enfoque de ecología política, empoderamiento y perspectiva de género, se analiza cómo las mujeres rurales participan en dinámicas turísticas que articulan la defensa del territorio, la sostenibilidad de la vida y la revalorización de saberes locales. La investigación busca evidenciar cómo estas prácticas configuran formas de resistencia y agencia frente a las estructuras de exclusión que históricamente han atravesado los espacios rurales hondureños.
Conforme al contexto, la comunidad de Salado Barra se ubica en el municipio de El Porvenir, Atlántida, específicamente entre las coordenadas 15°45’N y 87°01’O, y pertenece al conjunto de localidades que conforman el Refugio de Vida Silvestre Cuero y Salado. Esta área protegida destaca por sus ecosistemas de manglares, humedales y canales acuáticos, que sustentan una alta biodiversidad (Instituto de Conservación Forestal [ICF], 2011). La economía local se basa principalmente en la pesca artesanal, complementada por actividades agrícolas y ganaderas de pequeña escala. Históricamente, Salado Barra funcionó como un puerto bananero y un nodo clave en la red ferroviaria regional, elementos que fortalecen su identidad territorial y su valor sociocultural. Este conjunto de factores configura un marco contextual idóneo para comprender el papel de la mujer campesina en el desarrollo del turismo rural sostenible (Alemán, 2009).
De acuerdo con la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (2022), la comunidad cuenta con un total de 68 viviendas particulares, de las cuales 62 están habitadas y 6 desocupadas. En estos 62 hogares reside una población de 231 personas, con un promedio de 3.37 personas por hogar, lo que refleja una estructura habitacional estable, aunque con cierta presión sobre el espacio disponible. Este indicador es relevante para comprender las condiciones de vida, especialmente en contextos de vulnerabilidad socioeconómica.
Conforme a lo expuesto por Ryan y Sambulá (2020), pese a la incorporación de un análisis de género en proyectos ejecutados en Salado Barra, los resultados en términos de transformación efectiva han sido limitados y escasamente documentados. Iniciativas como ferias de emprendimiento local han abierto espacios para visibilizar la producción comunitaria, aunque no se dispone de datos que evidencien impactos diferenciales sobre las mujeres. La inserción femenina en cadenas de valor sigue siendo incipiente, con débil articulación entre políticas de género y estrategias de desarrollo económico. Esta situación evidencia la necesidad de profundizar en el análisis del papel de las mujeres campesinas en las dinámicas de desarrollo turístico local.
En este mismo sentido, la débil continuidad de los proyectos vinculados al turismo se ejemplifica en la experiencia del grupo de mujeres “Manatí”, que surgió en años anteriores como una iniciativa local orientada al desarrollo turístico en Salado Barra. Esta experiencia evidencia tanto el potencial organizativo de las mujeres campesinas como la fragilidad de estos procesos cuando no cuentan con acompañamiento técnico, financiamiento sostenido, ni articulación institucional (Murillo, 2013). La desaparición del grupo refleja algunos de los desafíos que enfrentan las mujeres rurales para sostener emprendimientos turísticos en contextos marcados por la precariedad, la informalidad y la ausencia de políticas públicas con enfoque de género y territorio.
Desde esta perspectiva, el presente estudio se justifica por su aporte a la comprensión del papel que desempeñan las mujeres campesinas en la construcción de economías rurales con sentido social, sostenidas en prácticas de subsistencia, vínculos comunitarios y apropiación territorial. A través del análisis del caso Salado Barra, el artículo permite identificar no solo los aportes concretos de las mujeres al turismo rural, sino también las condiciones estructurales que limitan su permanencia y expansión. Además, el caso permite entender cómo las mujeres articulan su participación en las actividades turísticas con los saberes locales, prácticas de cuidado, identidad territorial y relaciones con el entorno, al tiempo que enfrentan desafíos para sostener sus iniciativas y fortalecer las dinámicas económicas comunitarias. La investigación aporta diversos elementos para discutir las relaciones entre género, territorio y turismo rural a partir de una experiencia comunitaria concreta y de las voces de las propias mujeres de ese territorio.
1.1 Género, ruralidad y agencia: mujeres campesinas frente a la exclusión estructural
Para Zabala et al., (2023), la conceptualización de la mujer rural ha evolucionado hacia una mirada más compleja que trasciende su rol tradicional como fuerza productiva. Desde un enfoque de género, se reconoce que las mujeres rurales ejercen tres funciones interrelacionadas: el rol reproductivo, asociado al cuidado, la nutrición y la socialización de los hijos; el rol productivo, relacionado con las actividades agrícolas, de autoconsumo o de ingreso; y el rol comunitario, vinculado a la participación activa en la vida social y organizativa del territorio.
Esta tipificación permite visibilizar aportes que, aunque fundamentales para el sostenimiento de las comunidades rurales, han sido históricamente no observados ni remunerados, revelando una trama persistente de inequidad sostenida en la invisibilización del trabajo femenino (Ardila y Gómez, 2022). Además, el concepto de mujer rural puede entenderse desde dos determinantes clave: por un lado, la identidad de género (Hernández et al., 2021); y por otro, el vínculo territorial con el ámbito rural, entendido no solo como una condición geográfica, sino como una construcción social y cultural que moldea sus experiencias (Mora et al., 2019). Reconocer esta pluralidad es fundamental para analizar con mayor profundidad las condiciones estructurales que enfrentan las mujeres rurales y para proponer enfoques integrales en los procesos de desarrollo rural, turismo sostenible y justicia social.
Comprender la condición de la mujer rural requiere incorporar una lectura crítica desde la teoría de género y el feminismo, que permite analizar cómo las estructuras sociales y políticas históricamente han colocado a estas mujeres en situaciones de exclusión y precariedad. El trabajo reproductivo y comunitario que ejercen, esencial para la sostenibilidad de la vida rural, permanece desvalorizado y fuera de las estadísticas formales (Soto y Díaz, 2020). La perspectiva de género, entendida como una herramienta para visibilizar desigualdades y cuestionar relaciones de poder, revela que la mujer rural no solo enfrenta barreras materiales, como el acceso desigual a recursos, sino también simbólicas, al ser marginada de los espacios de decisión y reconocimiento (Ramírez, 2024).
Así, género y ruralidad no son condiciones aisladas, sino dimensiones que, entrelazadas, profundizan la vulnerabilidad de las mujeres en territorios atravesados por desigualdades estructurales (May y Rubio, 2023). Conforme al argumento de Herrera (2024), esta intersección produce formas específicas de exclusión, donde el acceso a la tierra, la participación política, la seguridad alimentaria y el reconocimiento del trabajo son limitados o negados. En muchos contextos rurales, la persistencia de estructuras patriarcales se combina con dinámicas de marginalización territorial, lo que genera una doble subordinación: por su condición de género y por su ubicación en zonas históricamente olvidadas por las políticas públicas. En consecuencia, las mujeres rurales no solo enfrentan obstáculos materiales, sino también simbólicos, que restringen su autonomía, invisibilizan sus saberes y limitan su capacidad de incidir en la transformación de sus comunidades. Reconocer esta complejidad es fundamental para cualquier proyecto de desarrollo (incluidos aquellos enmarcados en el turismo rural) que aspire a ser justo, inclusivo y sostenido en el tiempo.
1.2 Ecología política y territorialidad campesina: claves para comprender el turismo rural
Es bajo este enfoque crítico que cobra relevancia la noción de territorialidad campesina, entendida por Pineda y Valencia (2022), como la forma en que las comunidades rurales establecen vínculos profundos, afectivos y sostenibles con su entorno. Por tanto, la territorialidad no se limita a una ocupación. De acuerdo con Treacy (2020), la ecología política constituye un enfoque interdisciplinario que coadyuva a comprender las relaciones desiguales entre sociedad y naturaleza, al situar los conflictos ambientales dentro de estructuras históricas, económicas y políticas más amplias. Su enfoque centra su crítica en la neutralidad técnica de las políticas ambientales y revela cómo las decisiones sobre el uso de los recursos naturales responden a intereses particulares, frecuentemente contrarios a las necesidades de las comunidades locales. En este sentido, permite desnaturalizar fenómenos como la degradación ambiental, el cambio de uso del suelo o la pérdida de biodiversidad, visibilizando las estructuras de poder que los producen y perpetúan (del Río, 2020).
Del mismo modo, la ecología política centra su análisis en la distribución desigual de costos y beneficios ambientales, destacando que los sectores más vulnerables, como comunidades campesinas, indígenas y, particularmente, las mujeres, enfrentan mayores cargas socioecológicas (Sandoval, 2020; Chancel, 2022). A su vez, tal como lo propone Álvarez et al., (2024), rescata las prácticas de resistencia y adaptación de estas poblaciones, proponiendo alternativas al modelo de desarrollo dominante que subordina la vida rural a lógicas extractivas o turísticas impuestas.
Es bajo este enfoque crítico que cobra relevancia la noción de territorialidad campesina, entendida por Pineda y Valencia (2022), como la forma en que las comunidades rurales establecen vínculos profundos, afectivos y sostenibles con su entorno. Por tanto, la territorialidad no se limita a una ocupación funcional del espacio, sino que implica una construcción social del territorio basada en la memoria colectiva, las prácticas agrícolas tradicionales, los sistemas de reciprocidad y el cuidado de los ecosistemas (Perez y Avendaño, 2021; Zaghow, 2022). En tal sentido, Díaz y Pachón (2024), explican que las mujeres campesinas desempeñan un rol fundamental en este proceso, no solo como trabajadoras de la tierra, sino como sujetos políticos que sostienen la reproducción de la vida comunitaria, gestionan el acceso a recursos y lideran formas de organización local frente a amenazas externas; sus prácticas territoriales constituyen una forma activa de defensa del entorno y de afirmación cultural.
Las expresiones de territorialidad impulsadas por las mujeres rurales contribuyen a resignificar el desarrollo, al priorizar formas de habitar que articulan la protección de los bienes comunes con la generación de economías solidarias y la afirmación de identidades locales. Su participación activa en procesos de turismo rural permite cuestionar las formas verticales y extractivas de implementación turística, proponiendo alternativas que integran principios de sostenibilidad, equidad y justicia territorial. Del mismo modo, estas mujeres no solo diversifican las fuentes de ingreso en sus comunidades, sino que recuperan saberes y prácticas que fortalecen la cohesión social, promueven la soberanía alimentaria y defienden el territorio como espacio de vida y no como mercancía (Escobar, 2024).
En este marco, el turismo rural representa un campo en disputa; mientras que ciertos enfoques lo promueven como una estrategia de desarrollo sostenible y diversificación económica en zonas rurales (Paredes et al., 2022; Alvarado, 2022; Quaglia, 2023), su implementación sin participación comunitaria puede reproducir dinámicas de exclusión y apropiación territorial. El análisis desde la ecología política permite observar que el turismo, lejos de ser una actividad neutral, puede significar el fortalecimiento de estructuras de poder que marginan a los actores locales o, en contraste, convertirse en una herramienta de valorización cultural y defensa del territorio cuando es impulsado desde abajo y en consonancia con las prácticas y valores de las comunidades (Palma, 2021).
En el caso de las mujeres campesinas, su implicación en iniciativas de turismo rural permite tensionar los discursos hegemónicos sobre el desarrollo y proponer formas alternativas de habitar y gestionar el territorio (Cocom et al., 2021). Estas mujeres no solo contribuyen a la sostenibilidad económica de sus hogares, sino que también reconfiguran las relaciones sociales en sus comunidades, fortalecen el sentido de pertenencia y dinamizan los saberes ancestrales, muchas veces desplazados por la lógica turística convencional. Su protagonismo resulta clave para reorientar el turismo hacia modelos más justos, inclusivos y sostenibles, capaces de articular el bienestar económico con la defensa del patrimonio natural y cultural (García, 2021).
Así, comprender el turismo rural desde la ecología política y la territorialidad campesina implica reconocer la complejidad de los procesos sociales que lo atraviesan, así como el papel transformador de las mujeres en la construcción de alternativas que resisten la homogeneización cultural y el despojo ambiental. Esta perspectiva crítica no solo aporta al debate académico, sino que invita a repensar las políticas públicas y las prácticas de desarrollo desde una ética del cuidado, la reciprocidad y la justicia territorial.
El desarrollo de este estudio se llevó a cabo bajo un enfoque cualitativo, que enfatiza la importancia de comprender fenómenos sociales desde las experiencias y significados construidos por los sujetos implicados (Flick, 2015). En este sentido, se adoptó un diseño de estudio de caso, enfocado en la comunidad de Salado Barra, para profundizar en el papel de las mujeres campesinas líderes que, además de ejercer emprendimientos en turismo rural, mantienen una fuerte identidad comunitaria y un compromiso activo con la defensa de los valores colectivos.
La muestra fue seleccionada de forma intencional, integrando seis mujeres campesinas que cumplían con criterios específicos de inclusión, tales como el liderazgo comunitario vigente, la participación en actividades productivas vinculadas al turismo rural y el reconocimiento por parte de la comunidad. Se consideró como criterios de inclusión la residencia en Salado Barra, la participación vigente en actividades productivas relacionadas con el turismo rural y la disposición voluntaria para participar en el estudio. Se excluyeron personas que no cumplieran estos criterios. Realizar esta actividad buscó garantizar la calidad y pertinencia de la información obtenida para abordar las dimensiones socioculturales, económicas y de género implicadas y no pretender representar estadísticamente al conjunto de mujeres de la comunidad, por lo que los resultados se circunscriben a las experiencias y perspectivas de las participantes.
Como técnica principal de recolección de datos se utilizaron entrevistas en profundidad, semiestructuradas, las cuales permitieron explorar tres categorías analíticas fundamentales: contribuciones económicas y productivas, para analizar el rol de las mujeres en la generación de ingresos, producción local, prestación de servicios turísticos y gestión comunitaria; saberes, cuidados y roles socioculturales, que examinan la transmisión de conocimientos tradicionales, la conservación de los vínculos comunitarios y la gestión cultural y hospitalaria propia del entorno rural; y finalmente, barreras estructurales y desafíos de género, que identifican los principales obstáculos como la limitada accesibilidad a recursos, la carga de trabajo doble entre lo doméstico y comunitario, la falta de reconocimiento y la participación restringida en espacios de toma de decisiones. La perspectiva de género y la ecología política orientaron la construcción de estas categorías, la formulación de las preguntas y la interpretación de los relatos, considerando roles, relaciones de poder, participación y vínculos territoriales.
El trabajo de campo se llevó a cabo entre los meses de septiembre a diciembre del 2024, siendo es un periodo caracterizado por un contexto marcado por lluvias estacionales que dificultaban el acceso a la comunidad, sin embargo, la disposición hacia el estudio por parte de las informantes fue claves para el éxito esperado.
El componente ético fue fundamental y se enmarcó en el respeto a la identidad, autonomía y valores de la comunidad campesina. Para ello, se obtuvo el consentimiento informado por escrito de cada participante, asegurando transparencia y acompañamiento continuo durante el proceso de investigación. Se mantuvo además un diálogo abierto con las representantes comunitarias para garantizar el respeto y la pertinencia cultural del estudio. Con el fin de resguardar la identidad de las personas entrevistadas, las citas textuales se identifican mediante códigos alfanuméricos. Estos códigos corresponden a cada informante participante en el estudio. Por ejemplo, el código I2ETR identifica al informante 2 dentro del grupo de entrevistados, sin revelar su identidad.
Para el análisis de la información, se aplicó la técnica de análisis de contenido cualitativo siguiendo el enfoque clásico propuesto por Bardin (2002), ampliamente reconocido para la sistematización y categorización de datos textuales en ciencias sociales. Este procedimiento contempló las fases de preanálisis, codificación, agrupación en categorías temáticas e interpretación final, permitiendo una lectura crítica y contextualizada de los relatos. Asimismo, se implementó la triangulación de la información, confrontando los datos provenientes de las entrevistas con documentos secundarios y observaciones de campo, fortaleciendo la validez y profundidad del análisis y contribuyendo a una comprensión integral del fenómeno estudiado.
El análisis de los testimonios obtenidos a través de entrevistas semiestructuradas con seis mujeres campesinas de la comunidad de Salado Barra permitió identificar una serie de patrones comunes que revelan tanto sus aportes como los desafíos que enfrentan dentro del turismo rural. A partir de una codificación temática basada en tres categorías analíticas: contribuciones económicas y productivas; saberes, cuidados y roles socioculturales; y barreras estructurales y desafíos de género. Se construyó una lectura interpretativa que buscó dar cuenta de sus experiencias de forma contextualizada y crítica. Estas categorías, aunque analizadas de manera diferenciada, se entrelazan profundamente en la vida cotidiana de las participantes, por lo que su presentación mantiene una lógica narrativa conectada, evitando una segmentación artificial.
El proceso de análisis incluyó además una triangulación de contenido que permitió contrastar los relatos obtenidos con observaciones de campo registradas mediante un diario para complementar y contrastar la información obtenida en las entrevistas, documentos institucionales disponibles sobre la comunidad y referentes teóricos que han abordado el tema en cuestión. Esta estrategia fortaleció la validez de los hallazgos y enriqueció la comprensión del fenómeno estudiado, al permitir cotejar las vivencias individuales con el contexto territorial y social más amplio. De este modo, los resultados que se presentan a continuación no solo recogen las voces de las mujeres protagonistas, sino que también están en diálogo con los marcos institucionales y las dinámicas comunitarias que configuran su participación en el turismo rural.
El análisis de las entrevistas revela que las mujeres campesinas desempeñan un papel fundamental en la generación de ingresos a través de diversas actividades vinculadas al turismo rural, tales como la alimentación, hospedaje, guianza turística y elaboración de artesanías. Estas actividades no solo representan un sustento económico directo para sus hogares, sino que además contribuyen a fortalecer la economía local y a dinamizar la comunidad mediante la creación de empleos (Campos et al., 2024).
La mayoría de las informantes reconocen que su participación en el turismo rural ha mejorado significativamente su situación económica. Como lo sustenta Guzmán (2022), este cambio no solo se traduce en ingresos adicionales, sino también en una mayor autonomía y capacidad para sostener a sus familias. Tal es el caso del primer informante, quien comenta que su negocio de comida surgió durante la pandemia y ha sido una fuente de ingresos con impacto positivo:
“Pues siento que ha mejorado y a veces no lo vemos como un recurso, sino como una distracción, como algo que nos gusta. Entonces por eso lo tratamos de hacer, aunque no haya suficiente efectivo, pero lo que hacemos lo hacemos con una meta de apoyar a la naturaleza. De corazón, con pasión” (I1ETR).
Este testimonio muestra una conexión afectiva y simbólica con la actividad económica. Lo mismo que Quaglia (2023) subraya que una actividad no sólo es una fuente, en tanto ingreso, sino también una oportunidad de contribuir al cuidado ambiental y social del territorio. De manera similar, otra informante expresa que la falta de empleo formal en la comunidad la llevó a ver el turismo como una opción viable y necesaria para generar ingresos: “Parte que me gusta lo que hago y al no tener una fuente de empleo, lo vemos como una oportunidad de generar ingresos” (I2ETR).
Este reconocimiento del turismo como una alternativa económica refleja la precariedad laboral que enfrentan las mujeres rurales y cómo el turismo rural se convierte en una estrategia para enfrentar dicha realidad (Gallego, 2022). Además, las informantes enfatizan que la comunidad y los visitantes valoran el trabajo que ellas realizan, destacando que ha habido un crecimiento en la oferta de servicios turísticos locales, lo cual ha contribuido a posicionar a la comunidad como un destino atractivo y autónomo:
“Sí es valorado porque la comunidad de a poquito se ha estado dando a conocer como emprendedores independientes, entonces antes era como de que, si venían al lugar, decían no tenemos un lugar donde comer, pues ahora ya hay dos lugares, tres lugares por decir donde pueden encontrar la alimentación” (I2ETR).
El valor social que se otorga a estas actividades es esencial para el empoderamiento femenino y para la construcción de identidades colectivas basadas en el reconocimiento y la valoración de su trabajo (García y Gonzáles, 2023). No obstante, el impacto económico también es palpable, como lo destaca otra informante, quien subraya que la participación en el turismo genera un ingreso extra que contribuye directamente al sostén del hogar: “Sí, ha cambiado porque es un ingreso extra para sostener mi hogar” (I3ETR). Este aporte económico, aunque a veces modesto, representa un soporte fundamental para la economía familiar y constituye un aliciente para la continuidad de la actividad turística. La diversificación de las actividades también es evidente, tal como lo ejemplifica la informante que realiza el tour del Casabe, quien destaca la generación de empleo indirecto a través de una cadena productiva que involucra a varios miembros de la comunidad:
“Aquí nos beneficiamos todos, no solamente una sola persona. Aquí con este trabajo se beneficia el que siembra la yuca, el que vende la yuca, la gente que uno busca para que pele la yuca... Genero empleo, entonces es una cadena” (I4ETR).
Esta declaración resalta una dimensión colectiva del emprendimiento femenino, en la que el trabajo no solo es fuente de ingresos, sino también un mecanismo de cooperación social y económica (Silva et al., 2020). Además, la actividad se vincula con la valorización y preservación de saberes tradicionales, contribuyendo a fortalecer la identidad cultural y a generar una oferta turística auténtica (Min, 2022). Asimismo, el reconocimiento del visitante hacia estas actividades es un elemento motivador, ya que las experiencias turísticas se basan en la autenticidad y la interacción directa con la cultura local. El testimonio en bloque siguiente ilustra cómo los turistas valoran y disfrutan el contacto con las prácticas tradicionales y la hospitalidad rural:
“Los visitantes lo valoran mucho, les gusta, porque es algo que no se ve en su país. Y usted sabe que cuando a uno le toca salir a otro país, uno admira el trabajo de otras personas. Son mujeres que lo hacen y es algo artesanal, es máquina, es artesanal que se elabora... al turista lo disfruta mucho cuando viene, le gusta mucho, es muy admirable para ellos” (I4ETR).
Este reconocimiento externo es clave para fortalecer la autoestima de las mujeres rurales y legitimar su papel como agentes productivas y culturales. En síntesis, las contribuciones económicas y productivas de las mujeres campesinas en el turismo rural se entrelazan con elementos afectivos, comunitarios y culturales que van más allá del mero ingreso monetario, configurando un panorama complejo y enriquecido (López y López, 2020).
Para sintetizar los principales hallazgos vinculados a las contribuciones económicas y productivas de las mujeres campesinas en el turismo rural, se presenta a continuación un mapa mental que organiza visualmente los elementos clave emergentes del análisis. La figura permite observar de manera estructurada cómo las actividades como la alimentación, el hospedaje, la guianza y la artesanía se articulan con la generación de ingresos, el empleo comunitario, la motivación personal, y la valorización cultural del territorio. Asimismo, destaca el reconocimiento social como una dimensión transversal, evidenciando que el trabajo de las mujeres es valorado tanto por la comunidad como por los visitantes, consolidando así su rol como actoras económicas y culturales en el desarrollo del turismo rural.

El análisis de los testimonios recogidos en la comunidad revela una dimensión profunda del turismo rural: su articulación con los saberes tradicionales, las prácticas de cuidado y los roles socioculturales que las mujeres campesinas desempeñan en sus territorios. Esta segunda categoría da cuenta de cómo la vida cotidiana se convierte en experiencia turística significativa cuando es compartida desde la autenticidad, el orgullo y la memoria colectiva. No se trata únicamente de mostrar lo que se hace, sino de narrar cómo se vive, cómo se enseña y cómo se cuida.
Los conocimientos campesinos que las mujeres comparten con los visitantes están profundamente ligados a prácticas agroecológicas, culinarias y pesqueras. Desde la siembra de productos locales hasta la pesca artesanal, las entrevistadas hacen énfasis en mostrar un modo de vida que se rige por el respeto al entorno y la autosuficiencia alimentaria. Una de ellas menciona: “tratamos de sembrar lo que aquí se da para poder cultivarlo y así nosotros aprovecharnos del producto” (I1ETR), revelando un enfoque sustentable que es parte intrínseca de la cultura local. La pesca artesanal también se presenta como un patrimonio vivo que no solo alimenta, sino que enseña sobre equilibrio ambiental y trabajo colectivo (Álvarez y Vera, 2022).
La transmisión de conocimientos se da, además, a través de la cocina, que se convierte en un espacio de pedagogía cultural (Arias, 2021). Platillos como la sopa de gallina criolla, el cazabe o la tortilla con cuajada no solo nutren, sino que narran historias de origen, ancestralidad y pertenencia. “Lo que más se da es la pesca y también la parte de la comida, [...] platillos que desde años [...] nuestros abuelos nos han ido diciendo” (I2ETR). Este tipo de prácticas permiten que el turista no sea un espectador pasivo, sino un partícipe del conocimiento vivo que la mujer campesina encarna y comunica (Hernández et al., 2023).
De acuerdo con Cruz y Rivera (2020), el rol de madre, esposa y cuidadora no se percibe como una barrera, sino como un eje organizador de las dinámicas diarias. Lejos de fragmentar el tiempo o restar capacidad, este rol es resignificado como una forma de multitarea que, aunque extenuante, también es fuente de orgullo. Una entrevistada lo resume así: “Soy de todo, porque si soy madre, esposa, hija, empleada, jefa [...] pero igual me organizo [...] creo que Dios nos da la paciencia y la inteligencia de poder organizarnos y querer satisfacer a todos” (I1ETR). En este sentido, el turismo rural no sólo representa una oportunidad económica, sino una plataforma donde las mujeres hacen visible su capacidad de gestionar simultáneamente el hogar, el negocio y la comunidad.
El sentido de hospitalidad, además, está profundamente atravesado por valores comunitarios y espirituales. “Significa alegría ya que se comparten nuevos conocimientos e intercambios de culturas” (I3ETR), afirma una de las entrevistadas, lo que denota que el turismo rural es también un espacio de encuentro simbólico, donde la reciprocidad y la emoción son tan importantes como el servicio brindado. Recibir al turista es recibir a un otro que es testigo de una forma de vida digna de ser reconocida, admirada y replicada.
Sin embargo, este rol de anfitrionas culturales también implica enfrentar tensiones. Algunas entrevistadas relatan cómo ciertos turistas no comprenden las dinámicas del lugar y llegan con expectativas inapropiadas, como esperar ver animales garantizados o consumir bebidas alcohólicas en un espacio de conservación. Ante estos desafíos, las mujeres se convierten también en mediadoras, educadoras ambientales y defensoras del territorio. Como expresó una de ellas: “el turista dice: yo quería ver el manatí, [...] entonces ahí es cuando uno empieza a hacer la gente entender que visitan un refugio, que los animales no están en un zoológico” (I2ETR). Estas experiencias revelan una capacidad pedagógica no formal que muchas veces pasa desapercibida pero que es esencial para sostener un turismo responsable (Luna, 2025).
Quizás el testimonio más potente, desde una perspectiva simbólica, sea el de Leti, la mujer del cazabe. En una declaración que fusiona identidad y oficio, afirma: "Yo digo, es cazabe. Si yo me llamo Leti, yo soy la que hago el cazabe". Esta frase encapsula la esencia de lo que significa habitar un conocimiento: no es algo externo que se enseña, sino una práctica encarnada que define quién se es. Leti no sólo hace cazabe; ella es el cazabe, el fuego, la harina, el comal, la memoria. En conjunto, estos relatos evidencian que las mujeres campesinas no solo prestan servicios turísticos; son verdaderas tejedoras de significados, transmisoras de saberes y guardianas del sentido del lugar. A través de su rol de cuidadoras y portadoras de tradiciones, dotan al turismo rural de un carácter ético, cultural y afectivo que lo distingue de otras modalidades turísticas. La tabla 1 siguiente resume las ideas centrales que emergen de esta categoría analítica (García, 2023).

Continuando con el análisis de las condiciones que atraviesan las mujeres campesinas en el turismo rural, se evidencia que su participación enfrenta una serie de barreras estructurales y desafíos de género que limitan su reconocimiento y protagonismo en los proyectos turísticos comunitarios. Estas dificultades se manifiestan tanto en factores externos, relacionados con la organización social, los apoyos institucionales y las percepciones culturales, como en elementos internos vinculados a la autopercepción y la gestión cotidiana de sus múltiples roles. En este sentido, es crucial comprender que estas barreras no solo se sostienen en estructuras rígidas, sino también en prácticas culturales que requieren ser transformadas para lograr una inclusión real y efectiva.
Una de las principales barreras identificadas es el persistente estereotipo que asocia el trabajo en el turismo rural y en la naturaleza con un ámbito predominantemente masculino. La informante 1 señala que, aunque no siempre se toma en cuenta a las mujeres para estos espacios, ellas han demostrado valentía y capacidad para aprender y emprender, desafiando las normas sociales que restringen su participación. Este testimonio refleja la necesidad de fortalecer el empoderamiento individual y colectivo, así como de fomentar la autovaloración para superar los prejuicios y promover la inclusión activa de las mujeres en estos ámbitos tradicionalmente masculinizados (Chamorro, 2020).
“Que a veces no toman en cuenta a las mujeres, porque dicen que es un área como para hombres, que es como la naturaleza… pero de igual manera hemos tenido el conocimiento y la valentía de poder emprender y aprender lo que se nos enseña y lo que hay en el área” (I1ETR).
A esta problemática se suma la exclusión institucional y organizativa que afecta a las comunidades rurales, limitando el acceso de las mujeres campesinas a espacios de poder y gestión turística. La informante 2 describe cómo una organización externa, respaldada por convenios gubernamentales, controla el turismo en la comunidad, dejando a las mujeres y a la comunidad en una posición subordinada. Esta situación evidencia que los obstáculos no solo provienen de actitudes culturales, sino también de estructuras institucionales que restringen el desarrollo equitativo y sostenible del turismo rural (Fajardo y Rodríguez, 2024): “Tenemos una ONG que está dentro de la comunidad, entonces ellos quieren acaparar todo lo que es turismo… pues como comunidad nos vemos limitados al no tener nosotros el mismo poder que ellos tienen” (I2ETR).
Por otro lado, las entrevistadas reconocen que, aunque en muchos casos no enfrentan barreras externas evidentes, existen obstáculos internos relacionados con la autogestión y la disponibilidad de tiempo, dado que deben cumplir con la doble o triple jornada de trabajo doméstico, productivo y comunitario. La informante 4 ejemplifica esta realidad, señalando que a veces las dificultades surgen por la carga laboral y la falta de organización personal, más que por un rechazo comunitario. Esta dimensión pone en relieve la importancia de considerar las múltiples responsabilidades que recargan sobre las mujeres campesinas y cómo estas afectan su participación en proyectos turísticos: “A veces uno mismo pone el problema... por mi trabajo, por estar elaborando. Pero de ahí, dificultades no he tenido problemas con la comunidad” (I4ETR).
Finalmente, el testimonio de la informante 5 aporta una perspectiva esperanzadora y práctica, donde se destaca la importancia de un acompañamiento personalizado y motivacional que permita descubrir las capacidades y talentos individuales de las mujeres campesinas. Promover su participación activa a través de capacitaciones, apoyo a emprendimientos diversificados y estrategias que incentiven la innovación y la autoconfianza es fundamental para derribar barreras y ampliar su reconocimiento dentro del turismo rural (Morales, 2022). Este enfoque integral ofrece un camino viable hacia un empoderamiento sostenible y una mayor autonomía económica para las mujeres en estas comunidades.
“Debería cambiar de repente irlas a visitar a su casa, explicarles, animarlas, motivarlas, darles una semilla para que ellas inicien a trabajar... a veces hay personas que tienen un don para hacer algo, pero ni ella misma sabe que lo tiene” (I5ETR).
Este conjunto de relatos revela que las barreras estructurales y desafíos de género en el turismo rural forman un entramado complejo que involucra desde estereotipos y exclusión institucional hasta retos personales y sociales (Torrens, 2020). Sin embargo, también abre espacios para estrategias innovadoras de empoderamiento y desarrollo sostenible que, mediante el fortalecimiento de la organización comunitaria, la motivación individual y el apoyo institucional, pueden transformar la realidad de las mujeres campesinas, posicionándolas como protagonistas clave en el turismo rural. Para complementar el análisis de las barreras estructurales y desafíos de género que enfrentan las mujeres campesinas en el turismo rural, se presenta a continuación una tabla conceptual que sintetiza los principales elementos identificados a partir de los testimonios de las informantes. Asimismo, la figura destaca las oportunidades y propuestas de cambio planteadas para potenciar el reconocimiento, la autonomía y el empoderamiento femenino en estos espacios.

Desde una perspectiva de ecología política, los resultados obtenidos reflejan que las contribuciones de las mujeres campesinas al turismo rural no pueden interpretarse únicamente como actividades económicas complementarias, sino como prácticas territoriales insertas en dinámicas históricas de desigualdad y exclusión (Lehner et al., 2025). Estas mujeres movilizan saberes, recursos y relaciones comunitarias que han sido históricamente invisibilizados por modelos de desarrollo centrados en la productividad y el crecimiento económico. El análisis sugiere que su participación en el turismo rural constituye una forma de reconfiguración del territorio, donde las prácticas cotidianas vinculadas a la alimentación, el hospedaje o la producción artesanal expresan formas alternativas de habitar y gestionar los recursos locales, muchas veces en contraposición con las lógicas extractivas dominantes (Rueda, 2021).
En ese sentido, el turismo rural aparece como una plataforma desde la cual las mujeres articulan no solo ingresos económicos, sino también formas de autonomía, reconocimiento y reproducción cultural (Arévalo, 2021). La producción de alimentos tradicionales, la hospitalidad, la transmisión oral de saberes y las prácticas de cuidado se integran como componentes esenciales de una economía moral del territorio, basada en la reciprocidad y la sostenibilidad. Esta dimensión relacional del turismo, lejos de ser marginal, representa un eje estructurante en los procesos de resignificación del entorno. La ecología política contribuye a visibilizar estas prácticas como formas de resistencia y de reproducción de la vida, que desafían la mercantilización del espacio rural y promueven una economía anclada en valores culturales y ecológicos (Fonseca y Imio, 2024).
Asimismo, el análisis pone de manifiesto que las mujeres campesinas desempeñan un papel activo como mediadoras culturales y educadoras ambientales, al interactuar con los visitantes desde un lugar de conocimiento situado. Las experiencias relatadas muestran que el turismo rural puede constituirse en un espacio pedagógico no formal, donde se comunican conocimientos ecológicos locales, se explican prácticas sustentables y se genera conciencia sobre la conservación del entorno (Londoño, 2024). Esta función, sin embargo, no siempre es reconocida institucionalmente, lo que refuerza la necesidad de incorporar marcos de valoración que reconozcan la centralidad de estos saberes en las estrategias de turismo responsable.
Por otro lado, las entrevistas evidencian que la participación de las mujeres en el turismo rural está condicionada por múltiples barreras estructurales, entre ellas, la distribución desigual del poder dentro de las organizaciones comunitarias, la persistencia de estereotipos de género y la falta de reconocimiento institucional. La exclusión de las mujeres de los espacios de toma de decisiones en proyectos turísticos y el control ejercido por agentes externos, como ONG o convenios gubernamentales, reflejan formas de despojo simbólico que limitan su capacidad de agencia. La ecología política aporta herramientas analíticas para comprender cómo estas relaciones de poder se inscriben en estructuras más amplias de dominación, que articulan dimensiones de género, clase y territorio, y que operan tanto a nivel local como transnacional (del Río, 2020).
En este marco, el turismo rural debe ser comprendido como un campo de disputa donde convergen diferentes modelos de desarrollo y visiones sobre el uso y significado del territorio. Las prácticas impulsadas por las mujeres campesinas de Salado Barra revelan la posibilidad de construir formas de turismo más equitativas, sustentables y culturalmente pertinentes, pero su sostenibilidad depende del reconocimiento efectivo de sus derechos, capacidades y conocimientos. Desde la ecología política, esto implica no solo la incorporación de una perspectiva de género, sino también la transformación de las relaciones institucionales y comunitarias que perpetúan la desigualdad. Fortalecer su participación implica, por tanto, avanzar hacia marcos de gobernanza territorial que reconozcan la diversidad de actores, saberes y formas de vida que coexisten en los espacios rurales.
Los hallazgos de esta investigación permiten comprender que las contribuciones de las mujeres campesinas al turismo rural en Salado Barra no pueden interpretarse únicamente como una forma de inserción económica en el mercado turístico, sino como parte de un entramado más amplio de prácticas territoriales vinculadas a la reproducción social, cultural y ecológica del espacio rural. Desde esta perspectiva, el turismo rural aparece menos como una actividad externa que irrumpe en la comunidad y más como una extensión de prácticas cotidianas ya existentes, tales como la preparación de alimentos tradicionales, la transmisión de saberes productivos y el cuidado del entorno. En este sentido, las mujeres no solo participan en el turismo, sino que contribuyen activamente a redefinir su significado desde lógicas comunitarias y territoriales que desafían las concepciones convencionales del desarrollo turístico.
El análisis desde la ecología política permite interpretar estas prácticas como formas de agencia que emergen en contextos históricamente atravesados por desigualdades de género, marginalidad territorial y exclusión institucional. Lejos de constituir una participación pasiva dentro de la economía turística, las mujeres campesinas movilizan conocimientos situados, redes comunitarias y recursos culturales que reconfiguran las dinámicas de apropiación y uso del territorio. De esta manera, el turismo rural se convierte en un espacio donde se negocian relaciones de poder, se disputan narrativas sobre el desarrollo y se abren posibilidades para formas alternativas de economía local basadas en la reciprocidad, la sostenibilidad y el reconocimiento cultural.
No obstante, el estudio evidencia que esta capacidad de agencia se encuentra condicionada por un conjunto de barreras estructurales que limitan la consolidación de iniciativas lideradas por mujeres. La persistencia de estereotipos de género, la sobrecarga de trabajo reproductivo y la limitada participación en espacios de toma de decisiones revelan que las desigualdades de género continúan estructurando el acceso a los beneficios del turismo. Asimismo, la presencia de actores externos con mayor capacidad organizativa e institucional introduce tensiones en torno al control de las actividades turísticas, evidenciando que la gobernanza del turismo rural constituye un campo de disputa en el que se superponen intereses comunitarios, institucionales y económicos.
En este marco, las experiencias documentadas en Salado Barra muestran que el turismo rural puede convertirse en una herramienta significativa para fortalecer la autonomía económica y el reconocimiento social de las mujeres campesinas, siempre que su desarrollo se base en procesos participativos que reconozcan la centralidad de los saberes locales. La participación femenina no solo aporta a la diversificación económica de los hogares rurales, sino que también contribuye a la construcción de narrativas turísticas arraigadas en la memoria colectiva, la identidad territorial y la ética del cuidado.
Finalmente, los resultados sugieren que el fortalecimiento del turismo rural con enfoque de género requiere trascender las estrategias centradas exclusivamente en el emprendimiento individual y avanzar hacia marcos de gobernanza territorial que reconozcan a las mujeres campesinas como actores políticos en la gestión del desarrollo local. Esto implica promover políticas públicas y programas de acompañamiento que fortalezcan las capacidades organizativas comunitarias, amplíen la participación de las mujeres en espacios de decisión y reconozcan el valor social y ecológico de los conocimientos que ellas movilizan en sus prácticas cotidianas. Desde esta perspectiva, el caso de Salado Barra aporta elementos relevantes para repensar el turismo rural en América Latina no solo como una estrategia económica, sino como un campo de transformación social donde las mujeres rurales desempeñan un papel clave en la construcción de territorios más justos, sostenibles y culturalmente significativos.
Declaración responsable: Los autores del presente trabajo declaran que no existe ningún conflicto de interés en relación con la publicación de este artículo. Las figuras y tablas incluidas en el manuscrito han sido elaboradas por el autor a partir del análisis de la información recopilada durante el proceso de investigación.
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